6.6.06

Beethoven en una noche sin luna

Si vas a mi casa, recuerda traer el disco de Beethoven, dijo el chico con los ojos entornados, en esa camilla dura de hospital.
Panorama de pasillos fríos, olor a desinfectante, colas de gente seria, enfermeras pasando con sus uniformes blancos y hombres con estetoscopios y miradas duras. Ah, mi querido, a dónde has ido a parar, pensó ella, sujetando su raída mochila, mientras contemplaba la cabeza llena de rulos que el chico tenía, que el chico movía con un gesto desenfadado sin cigarrillos ocultos ni canción bonita sonando.
Allá afuera sonaban las sirenas y alguien moría en la noche sin luna, alguien viejo y más pobre que él.
Y la gente iba y venía, en un rítmico vaivén de la desolación. Era lo de siempre y él no tenía fuerzas para matarse, ahora no. Él tendría que ponerse fuerte, caminar erguido, ser capaz de cantar. Él y ella se irían juntos con Beethoven copando los espacios de la noche cuando la lluvia cayera suavemente, empañando las ventanas de su habitación. Una noche lluviosa sin luna.
Ella se alisó el cabello y encendió el equipo de sonido. La Apassionata de Beethoven sonó y la noche se transformó o el tiempo dio paso a la escena final. El salto, la partida, el nuncajamás y ellos cayeron sin lamentos ni miedo en una noche sin luna, cuando nada ni nadie es capaz de llevarse algo de los suicidas, en una noche lluviosa, hermosa, desnuda noche, la noche.


2 comentarios:

Rain dijo...

A veces me la paso editando, intentando que salga la pusa, el espacio en blanco, como ahora que antes del último párrafo, va una larga pausa/espacio en blanco y esta vez no ha salido.

Porque esa pausa indicaría que ha transcurrido un tiempo, después de esos días en el hospital...

Tzarel dijo...

Si habría que saltar definitivamente, el preludio sería Beethoven, luego el silencio.