los visionarios cátaros te hubieran querido mucho, pensaba el chico de los veinte abriles. se acostó bajo el cielo en una tarde de verano y con sencillez dibujó mentalmente la calavera de rimbaud. hacía unos instantes iba a lanzarse por el malecón cercano a su casa, mientras los pájaros revoloteaban al amanecer. ahora dibujaba la calavera y sonreía levemente, palpó su cabeza y comenzó a tararear una canción de joy division. una decisión podía ser cambiada en unos segundos, y se alteraba la fatalidad de una caída libre. ian curtis cantaba en la imaginación del chico y la calavera de rimbaud flotaba en la memoria como una imagen brumosa a la que le decía adiós.
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